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lunes, 27 de abril de 2009

Entrevista al Jurista Víctor Abramovich

"Los derechos humanos se juegan hoy en temas como migración y narcotráfico"

Publicada en Clarín
19 de abril de 2009

La región ya no padece dictaduras, pero la exclusión genera nuevas formas de opresión. Las rutas de la droga y de los inmigrantes están diseñadas a golpes de violencia, mientras la ley funciona esporádicamente.

Claudio Martyniuk.
cmartyniuk@clarin.com

La situación de América latina en materia de derechos humanos tuvo un cambio importante a partir de que se dejaran atrás los regímenes militares. Sin embargo, siguen existiendo desafíos, unos vinculados al pasado dictatorial y otros originados en formas de violencias enquistadas, en desigualdades y opresiones.

En la labor académica y como miembro de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos -la misma CIDH que visitó Argentina en el oscuro 1979 y que este año cumple medio siglo-, Víctor Abramovich concentra su atención en la situación de los derechos humanos en América latina.

¿Ha cambiado el significado de los derechos humanos en la región?

Luego de los sistemas de terrorismo de Estado en Sudamérica, y los conflictos armados internos en Centroamérica, que se manifestaron en las décadas de 1970 y 1980, se presentó otra etapa, de transición a la democracia -los '80 en Sudamérica y, después de los acuerdos de paz, a fines de los '80 y principios de los '90, en Centroamérica. Ahí el eje central fue el tratamiento del pasado -qué hacer con los crímenes de las dictaduras- y el desarrollo de los principios de justicia, verdad, memoria y reparación. También se presentó la necesidad de desmantelar el legado dictatorial en las democracias, ya que en la transición persisten normas de excepción y fueros militares.

Da la sensación de que aparecieron también nuevas preocupaciones en la sociedad civil.

Sí, porque aparecieron cuestiones ligadas a la igualdad ante la ley -de la mujer y de los hijos nacidos dentro y fuera del matrimonio. Estas reformas de los códigos civiles, que culturalmente parece que se dieron hace mucho, son muy recientes. Y hoy, con problemas, se avanza en la transparencia de los sistemas electorales y en el respeto básico de las libertades de prensa y de expresión. Pero hay dificultades en la efectivización de derechos, sobre todo por la profunda desigualdad y exclusión social. La situación de pueblos indígenas, las comunidades negras, los migrantes irregulares y la selectividad de los sistemas penales son problemas urgentes.

En materia de violencia, ¿lo más grave se registra en Colombia?

Colombia es un caso aparte en este proceso, porque tiene un conflicto armado interno que lleva 30 años y es el país donde se registra la crisis humanitaria más importante del continente, y una de las más importantes del mundo: estamos hablando de dos millones y medio a tres millones de personas desplazadas a causa de la violencia. Entonces, ahí la situación es diferente porque el tema del derecho a la vida y la integridad física sigue siendo central. Los países vecinos deben sostener los mecanismos regionales de protección de los derechos humanos, porque implican una garantía última para las víctimas. Cualquier país que sostenga una política de derechos humanos debería tener en Colombia una prioridad.

La violencia en Colombia, ¿afecta al sistema democrático?

Colombia tiene una democracia que funciona, pero también tiene un conflicto armado. Esto hace que se contrapongan las lógicas de la democracia y del conflicto. Y es indudable que la violencia política afecta al sistema democrático. Un caso extremo es el de la Unión Patriótica, un partido que fue importante, pero sus dirigentes fueron asesinados. Hoy se investiga la vinculación de dirigentes políticos con grupos paramilitares, lo cual implica apoyo no sólo económico, sino también el exterminio de los opositores, para garantizar que ciertas personas no lleguen a ocupar cargos públicos.

¿Qué papel juega la Justicia?

Funciona con relativa independencia; es un activo de la democracia del país. La Corte Constitucional colombiana puso límites a declaraciones de estado de excepción y ha invalidado algunas normas de la Ley de Justicia y Paz, que es la base del proceso de desmovilización con los paramilitares, por considerar que no respetaban los derechos de las víctimas a que hubiera justicia, verdad y reparación.

El cuestionamiento al poder estatal, ¿se extiende a otros países por el avance del narcotráfico?

Sí. Pero la diferencia de Colombia es que hay un conflicto armado interno que se vincula a la política, aunque su violencia está ligada al narcotráfico. Por el traslado de las rutas del tráfico de armas y drogas, se extiende geográficamente la violencia en Latinoamérica. Hoy, los derechos humanos se juegan en temas como migración y narcotráfico, entre otros. En varios países crece el control territorial de organizaciones criminales que generan prácticas de violencia, como la muerte de periodistas en México por investigar mafias.

¿Cuál es la agenda, en derechos humanos, de Centroamérica?

Hay temas que tienen que ver con las transiciones a la democracia y el juzgamiento de crímenes cometidos durante los conflictos armados internos; son los casos de Guatemala, El Salvador, Honduras. Se presenta un alto poder de impunidad frente a esos crímenes. Hay problemáticas vinculadas al aumento de la criminalidad organizada, pero también otros nuevos, derivados, por ejemplo, de la migración. El tema de los niños que migran solos o con otros menores -a veces van tras sus padres, que fueron a EE. UU.- , es de enorme gravedad porque hay una tendencia a considerar que si la persona ingresa ilegalmente al territorio, no accede a ningún derecho. En los últimos tiempos se observa una vinculación de las políticas migratorias con las políticas de seguridad en la región. Y esto se refleja en los centros de detención de las estaciones migratorias, que funcionan en una suerte de limbo legal: no son centros penales, por lo tanto no se aplican las normas y garantías, pero tampoco son espacios abiertos; son una especie de lugares de detención administrativa, donde hay una amplia discrecionalidad de los encargados de la custodia. El Sistema Interamericano de Derechos Humanos hace un seguimiento sobre centros de detención de migrantes en Texas.

¿Cuáles son los componentes de ese Sistema Interamericano?

Fundamentalmente, la CIDH y la Corte Interamericana. La CIDH supervisa la situación de los derechos humanos en los países. Puede recibir denuncias cuando los casos no obtuvieron respuesta en el nivel estatal. Si considera que el Estado violó la Convención o la Declaración Americana, emite una recomendación que marca las obligaciones que debe cumplir el Estado. Si no las cumple -y si ese país aceptó la competencia de la Corte Interamericana- puede demandarlo. EE. UU., Canadá y muchos países del Caribe no aceptan la competencia de la Corte.

¿Cuál es la importancia de los fallos de la Corte Interamericana?

El impacto es alto en América latina. Todos los Estados de la zona pueden ser demandados ante la Corte. Además, influye su jurisprudencia. La Corte Interamericana limitó la facultad de los Estados de amnistiar graves violaciones a los derechos humanos o declararlos prescriptos. Y esa jurisprudencia es tomada por cortes de Argentina, Chile y Perú, que así reabrieron causas que estaban cerradas. Hay ejemplos en contrario: jueces de República Dominicana se negaron a aplicar una decisión de la Corte Interamericana sobre tratamiento de migrantes haitianos y consideraron que ella no se adecuaba al orden interno.

¿Cómo se resuelve el conflicto?

No hay una regla que lo dirima, porque la base de la integración en un sistema de justicia internacional es que el Estado esté dispuesto a aceptar las decisiones. La Corte argentina es la que fue más lejos. Algunos de sus jueces, aun disconformes con ciertos fallos de la Corte Interamericana, consideraron que la inserción del país en ese sistema obliga a acatar los fallos del tribunal internacional.

También ejerce influencia sobre reformas legales.

Es una de las áreas de mayor efectividad del sistema, por los cambios en las políticas que se dan en el marco de los casos, pero no a partir de decisiones, sino por acuerdos que se alcanzan. Los actores del sistema -organizaciones sindicales, de indígenas, de afroamericanos y movimientos sociales- llevan casos no sólo para obtener una jurisprudencia, sino también para motivar cambios en las políticas legislativas. En los últimos años se agrega una mayor predisposición de los Estados a resolver de manera consensuada los casos y evitar los procesos contenciosos. Así, Argentina se comprometió a derogar la norma sobre desacato y la ley de migraciones de la dictadura, a revisar la legislación en materia de calumnias e injurias y a reformar el Código de Justicia Penal Militar. Chile, a través de este tipo de acuerdos, promueve una nueva ley de acceso a la información pública. En México, por una acción contra la judicialización del aborto terapéutico en Baja California -la judicialización impide practicar el aborto legal en un tiempo razonable- se acordó un protocolo de implementación del aborto no punible. A partir de un caso, entonces, se discuten políticas de protección de derechos humanos.

¿Qué intervención tuvo la CIDH en Bolivia, ante las denuncias de prácticas de servidumbre?

Constató la existencia de un régimen de semiesclavitud en haciendas del Chaco boliviano. Allí las personas no están encadenadas, ni las hacen trabajar a latigazos, pero no se les paga salario, sino que hay una libreta donde se anota todo lo que el propietario les entrega, desde el alimento hasta la vestimenta. Familias guaraníes enteras son un objeto más de la hacienda, y hasta que no cubren la deuda no pueden salir.

Copyright Clarín, 2009.

miércoles, 8 de abril de 2009

Fujimori fue condenado por violación de Derechos Humanos

El Comercio.com.pe
7 de abril de 2009

Tras 484 días y 161 sesiones, Fujimori fue condenado por violación de DD.HH.

El ex presidente Alberto Fujimori fue hallado culpable de cuatro delitos por la justicia peruana en la sesión 161 del proceso penal que se le sigue.

La Sala Penal Especial de la Corte Suprema de Justicia presidida por el juez César San Martín Castro lo halló por unanimidad culpable de las masacres de la universidad La Cantuta y Barrios Altos, y por los secuestros del empresario Samuel Dyer y el periodista Gustavo Gorriti.

“Este tribunal declara que los cuatro cargos objeto de imputación se encuentran probados más allá de toda duda razonable. La sentencia que se emite es condenatoria”, dijo San Martín.

Fujimori, que cumple 71 años el próximo 28 de julio, recibió su condena tras 484 días de iniciado el juicio el 10 de diciembre de 2007.

Vestido de terno y corbata negra, y bebiendo agua mineral en varios momentos, Fujimori escuchó en silencio la sentencia mientras escribía sin detenerse en una libreta sin mirar en ningún momento al tribunal.

Sus dos hijos más conocidos, Keiko y Kenji Fujimori, escucharon la sentencia con molestia, mientras que la madre de uno de los estudiantes universitarios de La Cantuta asesinado por el grupo Colina lloraba.

El juez San Martín dijo que por la complejidad del caso y por la gravedad de las acusaciones un equipo formado por más de 20 personas trabajó junto a los otros dos magistrados: Hugo Príncipe Trujillo y Víctor Prado Saldarriaga.

San Martín indicó que la sentencia estaba dividida en cuatro partes, constaba de 711 folios, 8.390 parágrafos, 1.258 notas a pie de página y el texto estaba escrito en letras Century de tamaño 11.

La relatora de la sentencia empezó a leer los 247 fundamentos que sustentan la condena de Fujimori por los cuatro delitos, luego de las 9:27 de la mañana, hecho que continúa hasta el momento.

Es la primera vez que un ex mandatario peruano y latinoamericano, elegido bajo comicios democráticos, es declarado culpable bajo la justicia de su país por violaciones a los derechos humanos.

Fujimori gobernó el Perú desde el 28 de julio de 1990 hasta que renunció vía fax luego de huir a Japón el 19 de noviembre de 2000.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

China Olimpica según Buruma...

Letras Libres, Agosto, 2008
La odísea olimpica de China
por Ian Buruma

Es muy probable que el gran ganador de los Juegos Olímpicos sea el régimen chino. Como advierte Ian Buruma, el espectáculo deportivo podría terminar exacerbando el rijoso nacionalismo chino y otorgando al Partido Comunista una excusa más para mantener el poder sin implementar los cambios que la sociedad demanda.

Durante muchos siglos China creyó ser el centro del mundo, y esperaba que los extranjeros compartieran ese punto de vista. Los dignatarios extranjeros eran recibidos en la corte imperial, pero sólo como vasallos que pagaban tributo al Hijo del Cielo. Esta percepción es ahora obsoleta, por supuesto, aun cuando el presidente Mao se comportó con frecuencia como un emperador con sus huéspedes extranjeros. Pero a los chinos todavía les importa profundamente el honor nacional. “Las apariencias”, para decirlo de otra forma, aún cuentan. Es por ello que estos Juegos Olímpicos son tan importantes, así como los eventos que han llevado a ellos.

El trágico terremoto en la provincia de Sichuan mostró lo mejor de China y algunos atisbos de lo peor. Si se les compara con la negligente y criminal respuesta del régimen birmano ante el ciclón Nargis, las autoridades chinas, tras un titubeo inicial, hicieron lo posible para estar a la altura del desastre. No sólo permitieron la entrada y ayuda de grupos de rescate de Japón, Taiwán, Singapur y Rusia sino que, contrariamente a sus prácticas habituales, dejaron que los medios locales cubrieran el desastre a escala completa. Esta inesperada racha de libertad de prensa inspiró el flujo más extraordinario de solidaridad espontánea con las víctimas: los voluntarios se apresuraron a la escena desde toda China.

Es poco probable que esto hubiera sucedido sin los inminentes Juegos Olímpicos; los gobernantes chinos sabían que los ojos del mundo estaban sobre ellos, especialmente tras la represión a los manifestantes tibetanos. Así, China se muestra súbitamente mejor que antes. Una remota esperanza de mayor libertad emergió de una catástrofe que dejó más de cincuenta mil muertos. Desafortunadamente, en los últimos días el gobierno chino parece estar regresando a sus viejas costumbres: están cerrando los sitios de internet donde se cuestiona críticamente al gobierno y arrestaron a un académico de la Universidad Normal de Nanjing por llamar la atención sobre los problemas causados por la presencia de instalaciones nucleares cerca de la zona afectada por el terremoto. Incluso las agrupaciones civiles con las mejores intenciones pueden ser vistas como una amenaza por un gobierno que mira con profunda sospecha cualquier actividad colectiva independiente. En China se exhorta el patriotismo, excepto cuando se sale del control oficial. ¿Cómo afectará esto a los Juegos Olímpicos, la gran fiesta del patriotismo global?

De algún modo, China y los Juegos Olímpicos fueron hechos el uno para el otro. La República Popular de China ya no puede describirse como un país comunista, habiendo desechado el marxismo en la carrera hacia la riqueza económica. Pero, como la mayoría de los gobiernos autocráticos con fuertes raíces en el siglo XIX, China es todavía una sociedad entregada a los espectáculos masivos, a los desfiles nacionales, al nacionalismo oficialista y a los grandes proyectos de Estado. El nacionalismo chino –con su creencia en la lucha darwiniana de naciones– es más bien anacrónico, al igual que los Juegos Olímpicos.

El fundador de las Olimpiadas modernas, Pierre de Frédy, Barón de Coubertin, era un pequeño aristócrata francés profundamente afectado por la derrota de Francia en la guerra de 1871 contra Prusia, y por la revuelta popular que le siguió en París. Desde su punto de vista, Francia se había convertido en un país decadente que necesitaba vigorizarse o, en su propia expresión, “rebroncearse”. El medio apropiado para hacer esto eran los deportes organizados. Al igual que otros aristócratas notables, Coubertin era un gran admirador del sistema británico de educación pública, con su énfasis en los juegos y la fortaleza física. Creía que los deportes restaurarían la salud nacional, y no sólo en Francia: la competencia vigorosa volvería a la gente de todas partes más productiva y menos rebelde. Las guerras serían obsoletas. Y así nacieron las Olimpiadas modernas en 1896, muy adecuadamente en Atenas.

Para un noble de su época, Coubertin tenía, en realidad, una postura relativamente liberal. Su concepto de patriotismo nunca fue militante. Siguiendo el estilo de la escuela pública británica, su lema para los juegos fue que lo importante no era ganar sino participar. La Francia del siglo XIX, sin embargo, conoció una clase muy diferente de nacionalismo, marcada por el odio contra los liberales, los anglosajones y los judíos, no necesariamente en ese orden. Esta ideología estaba representada por un hombre apenas más joven que Coubertin, llamado Charles Maurras, fundador del movimiento radical de derecha Action Française. Maurras fue un espectador de los Juegos de Atenas de 1896, a pesar de considerar esta justa como un ejemplo de cosmopolitismo anglosajón típico. Su parecer fue cambiando al proseguir los juegos. Confiaba en que “cuando se ponen a interactuar diferentes razas, se repelen unas a otras, separándose entre sí, incluso cuando ellas mismas creen que se están mezclando”. La reunión cosmopolita se volvería así el “alegre campo de batalla de razas y lenguajes”, reivindicando su propia visión del mundo.

El nacionalismo chino moderno varía frecuentemente entre las ideas de Coubertin y las de Maurras. Oficialmente, al gobierno le gusta hablar de amistad entre los pueblos, de armonía y de paz, pero al mismo tiempo promueve una lastimosa historia de abusos cometidos por poderes extranjeros contra el pueblo chino. Cuando las demostraciones del nacionalismo chino se salen de control, con o sin estímulo oficial, el sentimiento de agravio nacional puede convertirse en violentas ofensivas. Esto sucedió últimamente en Estados Unidos, entre otros lugares, cuando estudiantes chinos atacaron a tibetanos y, de hecho, podría ocurrirle a cualquiera que “haya ofendido los sentimientos del pueblo chino”.

Lo que vuelve los arrebatos nacionalistas chinos dignos de Maurras y no de Coubertin es la tendencia a colapsar las líneas divisorias entre raza, cultura y nación. En las Olimpiadas de Atenas de 1896, Maurras vio, o quiso ver, un choque racial y cultural, no sólo nacional.

El nacionalismo chino se complica porque no siempre está claro qué entiende la gente por China. Taiwán, también conocida como la República de China, es oficialmente parte de China, pero es en los hechos un Estado independiente. La civilización china está repartida en todo el mundo, desde Singapur hasta Amsterdam, y se hablan diferentes versiones de la lengua china por todo el sudeste de Asia, así como en China y Taiwán. Étnicamente, muchos chinos americanos se ven a sí mismos como chinos, no menos que los chinos en China y en Taiwán. Así que cuando Yo-Yo Ma, norteamericano nacido en París, dio un concierto en Hong Kong en 1997 para celebrar el regreso de la colonia británica a China, impulsó el patriotismo chino.

Este tipo de patriotismo no siempre es político. El terremoto de Sichuan no sólo inspiró un espíritu patriótico de solidaridad dentro de China, también provocó donaciones de chinos del otro lado del mar. Los chinos, de cualquier nacionalidad, frecuentemente dicen amar a China sin importar quién la gobierne. “China”, entonces, es mucho más que sólo una nación-Estado.

El chauvinismo étnico es un concepto relativamente moderno. Antes del siglo XIX pocos pensaban en las naciones en términos de raza y etnia. De hecho, la mayoría de la gente no miraba más allá de sus regiones o incluso de sus aldeas. Sin embargo, el nacionalismo étnico chino fue estimulado por un creciente sentido de humillación debido a que fueron gobernados desde 1644 por los manchúes, un pueblo del norte con su propia lengua y costumbres. Las rebeliones del siglo XIX contra la dinastía manchú Qing fueron con frecuencia expresiones de resentimiento de los chinos Han. Al mismo tiempo, los poderes coloniales de Occidente, especialmente Gran Bretaña, dictaban los términos del comercio a los chinos a través de los cañones de sus muy superiores armas. Una de las razones por las que Mao, a pesar de ser uno de los mayores genocidas del sigo XX, aún es admirado en China, es porque restableció la total soberanía de los chinos Han por primera vez desde el siglo XVII.

Cuando finalmente se expulsó a los gobernantes manchúes en 1912, los “tres principios del pueblo” promovidos por el nuevo Partido Nacionalista (ahora confinado en Taiwán) de Sun Yat-sen eran “nacionalismo, democracia y bienestar”. La raíz de la palabra nacionalismo es la misma utilizada para raza. Esto no significa que Sun fuera necesariamente un racista, pero deseaba enfatizar que la fundación de la república china era parte de la lucha del pueblo chino para reivindicar su identidad nacional. Alguna vez escribió que “las ideas nacionalistas en China no vinieron de una fuente externa; fueron heredadas por nuestros antepasados remotos”. Esto no es estrictamente cierto: él mismo estaba inspirado por Abraham Lincoln, entre otras figuras históricas. Y de igual modo que la mayoría de las formas de nacionalismo étnico, la variante china algo le debe al romanticismo alemán.

Cuando el ejército de Napoleón conquistó el territorio alemán en nombre de la libertad y la razón universal, los poetas, filósofos e intelectuales alemanes respondieron ideando un nuevo tipo de nacionalismo, basado en el lenguaje, la sangre y la tierra. Esta noción atrajo a muchos románticos de Europa, y tuvo un atractivo especial para los pueblos asiáticos que se sentían dominados por los poderes imperialistas de Occidente.

Los Juegos Olímpicos, de la manera en que fueron concebidos por Coubertin, no encajaban bien con el nacionalismo germánico. Al igual que Maurras, los nacionalistas alemanes pensaban que los juegos estaban llenos de un insalubre individualismo anglosajón. A los alemanes les gustaba la calistenia y el entrenamiento militar, preferentemente en grupos muy grandes. Ya que muchos ciudadanos norteamericanos eran de origen alemán, a finales del siglo XIX hubo una división también en Estados Unidos entre aquellos que preferían los deportes británicos por equipos en la educación pública y los que querían la calistenia al estilo alemán. Los primeros ganaron, pero no sin que una lucha tuviera lugar.

Los deportes de competencia tampoco fueron promovidos durante la dictadura de Mao. Los espectáculos masivos, del tipo que aún es frecuente ver en Corea del Norte, que celebran el heroísmo revolucionario y el aplastamiento de enemigos reaccionarios, eran más del agrado del gobernante. Esto, por supuesto, ha cambiado, pero no el fuerte olor a nacionalismo. Incluso ahora se ve a los competidores chinos en juegos internacionales como soldados luchando por una causa nacional. La derrota no es vista simplemente como una decepción individual sino como una desgracia nacional. Tales sentimientos no se limitan a China, o a las autocracias; el nacionalismo en el futbol de Europa y Sudamérica puede degenerar en una forma de locura colectiva. Sin embargo, el nacionalismo deportivo chino tiene un filo especialmente agudo, proporcionado por el pesar de humillaciones pasadas promovido de manera oficial.

Cuando la ideología comunista empezó a perder su fuerza en China, tras la muerte de Mao y del giro que sus sucesores dieron hacia el capitalismo, había que encontrar algo que la reemplazara. El eslogan de la era Deng, “ser rico es ser glorioso”, no era suficiente, pues los gobernantes chinos siempre han necesitado la legitimidad de una ortodoxia oficial, ya sea confucionista o comunista, para justificar su control del poder. La respuesta oficial posmaoísta fue el nacionalismo. En lugar de estudiar a Marx, a Engels y el Pequeño Libro Rojo de Mao, los chinos han sido objeto de dosis regulares de lo que se conoce como educación patriótica. Hoy China está salpicada de los llamados sitios de educación patriótica, museos y memoriales ubicados en lugares de oscura importancia nacional. Uno de estos sitios está en la costa entre Cantón y Hong Kong, recordando a los visitantes la derrota de China en la Guerra del Opio. Existen muchos más.

Algunos años atrás, un frío día, visité el Museo 9.18 en Shenyang, construido en el lugar en que soldados japoneses hicieron estallar en 1931 parte de la línea del ferrocarril de Manchuria del Sur, para preparar la ocupación militar de Manchuria tras culpar a los chinos de ese “acto de sabotaje”. La escena, modelada en cera, de malvados japoneses torturando a milicianos chinos, de brutales soldados japoneses asesinando y violando civiles inocentes, era suficientemente impresionante, pero el texto grabado en el muro cerca de la salida, justo al lado de una pintura de un par de ojos chinos llorando lágrimas de sangre, era típico de la clase de educación patriótica promovida desde la muerte de Mao. Hablaba del “odio que arde en todos los corazones chinos” hacia los “criminales militaristas japoneses” que invadieron cruelmente “la gran China, con sus 5,000 años de civilización”. El mensaje, al igual que el de todos los exhortos patrióticos diseminados en libros de texto escolares, discursos oficiales y, por supuesto, en eventos deportivos, es que los males del pasado pueden corregirse sólo por medio del resurgimiento de la grandeza china, de una muestra de poder chino, de la restauración del orgullo entre todo el pueblo chino; bajo el liderazgo del Partido Comunista, por supuesto.

Este tipo de patriotismo oficial se basa en una visión manipulada del pasado. En lugar de celebrar los grandes momentos de la civilización china, el énfasis recae enteramente en el sufrimiento debido a manos extranjeras. El victimismo es tan profundo que impide a la mayoría de los chinos verse como agresores. Por ejemplo, la idea de que los tibetanos pudieran tener razones para verse a sí mismos como víctimas de los chinos es absurda para ellos. Yendo más allá, muchos chinos creen genuinamente que esta clase de “propaganda” tibetana ha sido enarbolada por la prensa occidental para infligir otra humillación más al pueblo chino.

Las protestas en torno a las Olimpiadas chinas son vistas bajo la misma luz. Organizar unos Juegos Olímpicos es motivo de orgullo nacional en todos lados, no sólo en China, pero para muchos chinos tiene una importancia especial, ya que forma parte de la prometida restauración de la grandeza china. El orgullo nacional debe ser reforzado por el reconocimiento internacional, de modo que los occidentales que aprovechan la ocasión para criticar la violación de los derechos humanos en China no sólo están equivocados; son enemigos que tratan de detener el surgimiento de la Gran China. Y los chinos que apoyan desde afuera las críticas sobre los derechos humanos en China son considerados traidores.

Culpar al gobierno chino de esta conducta es sólo la mitad de la historia. El sentido de pesar colectivo puede volverse, y frecuentemente se vuelve, contra el gobierno mismo. Uno de los movimientos masivos más influyentes de la historia moderna de China fue el Movimiento del Cuatro de Mayo de 1919. Estudiantes e intelectuales formaron parte de enormes manifestaciones antigubernamentales en Pekín, pidiendo ciencia y democracia. La ciencia tomó el lugar del racionalismo moderno, que habría barrido los viejos nidos feudales de autoritarismo confucionista. El Cuatro de Mayo trataba de cultura, sociedad y política, pero estaba alimentado por el enojo popular ante la presunta debilidad del gobierno chino, que había permitido a Japón apoderarse de las concesiones alemanas en China como parte de los acuerdos de Versalles tras la Primera Guerra Mundial.

El no oponerse vigorosamente a la presión exterior es una acusación común que los estudiantes e intelectuales arrojan contra los gobiernos chinos. Es por ello que los gobernantes deben ser muy cuidadosos cuando azuzan la indignación pública contra el comportamiento de potencias extranjeras: esta puede volverse súbitamente contra ellos. Estuvo a punto de suceder unas cuantas veces en los últimos veinte años, cuando se creía que el gobierno era tibio ante Japón. Cuando Estados Unidos bombardeó la embajada china de Belgrado en 1999, miles de manifestantes chinos atacaron las embajadas de Estados Unidos y Gran Bretaña. Hu Jintao, entonces vicepresidente, dijo que tales manifestaciones reflejaban la “gran furia del pueblo chino ante la atrocidad de los ataques a la embajada cometidos por la OTAN, y el fuerte patriotismo del pueblo chino”. Pero tan pronto como las multitudes parecieron salirse de control el gobierno las reprimió. Esto mismo parece estar sucediendo ahora, después de que manifestantes atacaran negocios franceses y de otras nacionalidades debido al apoyo occidental a la causa tibetana. Tales ataques, si van demasiado lejos, serán malos para los negocios, los Juegos Olímpicos, y en última instancia, el gobierno mismo.

El nacionalismo agresivo con frecuencia va de la mano de políticas autoritarias. Cuando el pueblo no cuenta con medios legítimos para mostrar su desacuerdo, ventilar sus frustraciones, expresar sus opiniones políticas en público y, en general, tomar parte en la política, el nacionalismo llena el vacío. Siempre y cuando puedan controlarlo, este se ajusta a los gustos de los gobernantes autoritarios. Un cierto sentido de culpa, del cual no se habla, también podría jugar un papel en China: las mismas personas que demandaban democracia en 1989, cuando eran estudiantes, están ahora entre los nacionalistas más feroces. La élite urbana educada ha prosperado desde la masacre de Tiananmén, y cuando se les recuerdan las concesiones políticas que esto ha implicado, el resentimiento puede encenderse fácilmente.

Esto no significa que la democracia sea una cura automática. En el caso poco probable de que China tuviera súbitamente una transición pacífica hacia una democracia liberal, el nacionalismo no desaparecería. No habría partido que fuera moderado con las potencias extranjeras, como Japón o Estados Unidos. La historia moderna china ha sido tan sangrienta que las cicatrices tardarán mucho tiempo en sanar. El nacionalismo étnico puede ser una especie de veneno, especialmente cuando se basa en el victimismo. La libertad política debería ayudar a suavizar tales sentimientos en el largo plazo, pero esto no sucederá a tiempo para los Juegos Olímpicos de Pekín. ~

© 2008, Ian Buruma

Traducción de Sebastián Domínguez

jueves, 3 de enero de 2008

Albie Sachs: "La democracia fue mi venganza"

Entrevista realizada el 5 de diciembre de 2004
Publicada en el Diario La Nación, Suplemento Enfoques

Hace catorce años, tiempos de apartheid en Sudáfrica, este hombre que ahora es miembro de la Corte Suprema de su país y que entonces era un defensor de los derechos humanos sufrió un atentado que casi le costó la vida. Hoy cuenta por qué la conquista de la dignidad humana fue la mejor respuesta a sus agresores y analiza los cambios en la justicia argentina
No es muy común hablar de "venganzas" con un ministro de una Corte Suprema de Justicia o de un Tribunal Constitucional. Y se complica aún más si ese juez perdió un brazo y la visión de un ojo en un atentado y el magistrado alude a la venganza que aplicó a sus victimarios.

Pero se trata de una venganza "suave", aclara Albie Sachs. Alude así a haber desechado la violencia y haber ayudado a instaurar la democracia, el Estado de Derecho y el respeto de las leyes y la Justicia en Sudáfrica, un país, en el momento de aquel ataque contra Sachs, todavía dominado por el racismo y la violencia gubernamental.

El 7 de abril de 1988 el reconocido abogado defensor de los derechos humanos voló en pedazos en Maputo, capital de Mozambique, tras la explosión de una bomba que había sido colocada en su automóvil. Agentes de las fuerzas de seguridad sudafricanas intentaron asesinarlo y estuvieron cerca. Debió aprender a caminar otra vez y a escribir con la mano izquierda.
Se respuso, retomó las defensa de los derechos civiles y tuvo un lugar protagónico en los cambios que siguieron: el ascenso de Nelson Mandela al poder, la creación del Tribunal Constitucional sudafricano (del que fue integrante), y el armado y desarrollo de la célebre Comisión de la Verdad y la Reconciliación.

"La democracia será mi venganza", se prometió en el hospital. Dieciséis años después, y de visita en Buenos Aires, afirma que así fue.

-Usted ha marcado una línea de conducta que se convirtió en una virtual política de Estado para superar las divisiones. Se llamó "soft vengeance", algo así como "venganza suave".

-Después de sufrir el atentado, estaba en el hospital y un amigo me envió una carta. "No te preocupes, te vengaremos", prometió. Y me pregunté: "¿Cómo podría beneficiarme eso?". Entonces comprendí que aun si la persona responsable del atentado era juzgada y liberada por falta de pruebas, allí podría residir mi "venganza suave": vivir en un país en el que rigiera el Estado de Derecho. Si lográbamos instaurar la democracia y la dignidad humana en Sudáfrica, allí residiría mi venganza. Lograr eso fue muchísimo más importante que una eventual venganza dura, personal, que sólo demuestra que eres más poderoso. Lo que llamo "venganza suave" demuestra que la moral es lo correcto, que la calidad de vida es lo importante. Y eso es reconfortante, mucho más que el simple pensar: "Intentaste matarme y ahora que estoy en el poder te daré una reprimenda para asegurarme de que me mantendré en el poder".

-Eso parece tener ciertos puntos en común con un argumento que aquí generó un profundo debate, aún vigente: la sanción de las leyes de Punto final y Obediencia debida con el argumento de fortalecer la democracia...

-(Interrumpe.) Eso no representa un caso de "venganza suave" para mí. Eso es impunidad. Es completamente diferente. Es ignorar lo que ocurrió, mientras que en Sudáfrica se introdujo a los responsables de crímenes en el proceso de reconstrucción. Ellos debieron afrontar la Comisión de la Verdad y reconocer lo que habían hecho. Cada uno de ellos. Individualizarse, detallar qué habían hecho y contar la verdad. Esa fue la manera de integrarlos a nuestra nación, porque no se puede convivir por siempre en un país dividido. Pero subrayo que éste fue nuestro proceso, nuestro modo de lograrlo, y que cada país tiene su propio camino.
Uno de los problemas aquí, en Argentina, por lo que tengo entendido, es que los militares en forma particular nunca reconocieron lo que hicieron. En Sudáfrica sí lo hicieron. Otro de los problemas aquí es que los militares se enfrentaron con los procesos judiciales y algunos incluso intentaron esquivarlos. En Sudáfrica todo fue negociado, se debatió cuál era el mejor modo de reconstruir el país.

-¿Cada uno de los militares y policías involucrados en violaciones a los derechos humanos declaró sus crímenes ante la Comisión de la Verdad?

-Si el militar quería evitar un proceso penal por esos crímenes, debía presentarse ante la Comisión. Y allí los familiares de las víctimas escucharon, con lágrimas en sus rostros, y lágrimas en los de los propios asesinos, lo que había ocurrido. Eso fue una clara diferencia, por ejemplo, con Pinochet en Chile, que nunca reconoció lo que hizo, sino que incluso intentó justificarlo, lo que genera más rencor. Algunos militares en Sudáfrica, por supuesto, se negaron a reconocer sus crímenes y fueron sometidos a juicio y condenados. Pero en su mayoría reconocieron, en público y por televisión, lo que habían hecho, mirando a los ojos a sus víctimas. Y después debieron regresar a sus casas y afrontar la situación ante sus propios hijos que les preguntaban si era cierto lo que habían confesado, y vivir con esa carga. Eso no suprimió el dolor de las víctimas y sus familiares, pero hizo mucho por suavizarlo.

-Ese criterio linda con la idea del arrepentimiento y del perdón...

-No suelo utilizar demasiado la palabra "perdón". Perdonar es una cuestión personal, es importante para algunas religiones. Cuando yo conocí al responsable de organizar el atentado en mi contra, durante el proceso ante la Comisión de la Verdad al que esta persona se había sometido, y eventualmente estrechamos luego nuestros manos, humanicé mi relación con él. Hasta entonces, yo sólo era un objeto para él y un instrumento para mantener su poder. Entonces me convertí en una persona para él, como él también se convirtió en una persona para mí. Eventualmente podremos sentarnos en el mismo autobús; nunca iré al cine ni a cenar con él, pero ahora podemos convivir en el mismo país porque reconoció lo que hizo.

-¿La posibilidad de evitar el proceso penal no fue muy indulgente para los responsables?

-Algunos han tenido que recibir asistencia psicológica por el desorden y el estrés causado por tener que presentarse ante la Comisión de la Verdad y tener que reconocer que fueron derrotados. Por supuesto que la transición tampoco fue sencilla. Muchos no coincidieron con la decisión tomada. Pero hubo debates, plazos que cumplir y los medios de comunicación apoyaron el proceso. Se sabía que, al final, eso permitiría encaminar el país.
Sabíamos que, al principio, los victimarios regresarían de la Comisión de la Verdad a sus hermosas casas en autos cómodos y que quienes sufrieron durante el apartheid deberían regresar a sus hogares humildes en autobús o combis. Pero el objetivo trazado era revertir también esa inequidad. Era alcanzar una redistribución real de la riqueza, y en eso estamos.

-¿Cómo se logró que cedieran espacios quienes eran poderosos?

-Esa es otra diferencia con lo ocurrido en Chile, Brasil, Argentina o Uruguay. Quienes sufrieron en Sudáfrica se organizaron como grupo y se convirtieron luego en líderes de la nación. Nelson Mandela es la figura más reconocida, pero hubo muchas otras. En el Tribunal en el que trabajo, uno de mis colegas también estuvo en prisión, al igual que yo. Y otros cuatro fueron abogados que lucharon por los derechos humanos. La idea es, en suma, que nosotros controlamos el proceso de cambio. En los países sudamericanos la sensación que queda es que se perdieron cinco, diez, quince años para la democracia en lograr que las víctimas alcanzaran esas posiciones decisivas.

-¿Cómo afecta las vidas cotidianas el Tribunal Constitucional que usted integra?

-No buscamos nada raro. Los casos, los planteos llegan a nosotros y adoptamos la solución que la Constitución exige. Su articulado ofrece un gran apoyo a los desposeídos, a los necesitados. Por tanto, somos jueces progresistas porque la Constitución lo es. También se trata mucho de balancear intereses y reclamos distintos. Muchas veces le digo a la gente que no debemos decidir entre lo que está bien y lo que está mal, sino balancear lo que está bien con lo que está bien. Por ejemplo, entre la libertad de prensa y la dignidad de una persona.

-¿Pero cómo se defienden los derechos sociales en un país en vías de desarrollo cuyo gobierno, como en la Argentina, lidia con restricciones presupuestarias y las empresas flaquean?

-Nuestra Constitución dice que todos tienen determinados derechos. Entonces la Corte sólo impone que el gobierno tome las medidas razonables con sus recursos disponibles para resolver las necesidades. Así, el derecho incorpora la noción de los recursos y su realización progresiva. De ese modo, se puede ayudar a las personas en condiciones desesperadas, como quienes viven en la calle, o a las embarazadas con SIDA a las que no se le proveían medicamentos. Pero es el gobierno el que debe definir cómo resolver esos problemas, no los jueces.

-¿Cuáles son los desafíos que enfrenta hoy la judicatura?

-Cómo lidiar con el terrorismo sin poner en riesgo el Estado de Derecho; cómo imponerle límites a la burocracia estatal sin entorpecer la gestión administrativa; y cómo aportarles a los jueces visiones más amplias, no más populistas, sino más comprometidas con la sociedad. Yo siento que los jueces en distintas partes del mundo se están alejando de la mera visión procedimental del Derecho, del qué dice la ley en forma estricta, y comienzan a evaluar qué significan, cómo impactan esas leyes en las vidas de las personas comunes. Eso aporta una visión más abarcadora de la labor del juez.

-Eso puede en ciertos casos derivar en una dependencia política o en una influencia partisana sobre los jueces...

-No, no. Debe quedar clara la independencia en los puntos de vista del juez. No debe tenerle miedo a nadie. Ni a los funcionarios, los sacerdotes, los empresarios, los sindicatos, los partidos políticos, ni a la prensa. La obediencia sólo se debe a la Constitución. Y la Argentina ha incorporado muchos instrumentos internacionales a su Constitución, por lo que el juez no debe inventar algo que no está allí. Sí puede, en cambio, analizar qué caminos ha tomado la Justicia en otros países, ver qué soluciones han encontrado y evaluar si es trasladable al derecho local.

-El presidente Kirchner designó ya a cuatro de los nueve miembros de la Corte Suprema y podría designar a un quinto miembro en cuestión de meses. ¿Qué le sugeriría si tuviera la oportunidad?

-(Sonríe.) No le diría... (se arrepiente)... Le recomendaría que eligiera juristas con coraje. Personas con distintos pensamientos, pero con igual valor para ir contra quien sea, incluso contra él. ...se es el punto. Que sólo sean leales a la Constitución, no al Presidente de la Nación. Eso será respetado. Nadie quiere una Corte señalada como la "menemista" o la "kirchnerista". La clave pasa por armar una Corte Suprema respetada, con integridad, laboriosa y con sensibilidad hacia los derechos humanos.

Por Hugo Alconada Mon

El perfil
RECONOCIMIENTO
Después de sufrir persecusiones, atentados y exilios, Sachs pudo volver a su país. Como miembro activo del Congreso Nacional Africano, fue designado por Nelson Mandela para integrar la nueva Corte Constitucional, tras las primeras elecciones libres en la historia de Sudáfrica.
AUTOBIOGRAFICO
Entre sus títulos más conocidos están The Jail Diary of Albie Sachs (su diario de prisión) y The soft Vengeance of a Freedom Fighter (La venganza suave de un luchador de la libertad).

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